“Los caños de Vitoria-Gasteiz”

El rey navarro Sancho el Sabio en 1181 concede el fuero a Gasteiz denominándola Nueva Victoria, una ciudad ya trazada urbanísticamente y amurallada desde el siglo XI

La formaban tres calles: una central que hace de eje norte-sur y dos calles laterales paralelas a la muralla. Posteriormente a la entrega del fuero, en el extremo norte de la calle central, se erige la iglesia de Santa María sobre la muralla ya existente y en su extremo sur la iglesia de San Miguel, erigida anteriormente a la atribución de la carta puebla.

Dos años más tarde, en 1202, se produce un incendio y el rey castellano, viendo que Vitoria es un enclave importante, decide extender la ciudad hacia el oeste, mandando construir nuevas viviendas a modo de hilera que iban de norte a sur descendiendo por la ladera y paralelas entre sí creando las calles actuales de Correría, Zapatería y Herrería. Extramuros de la nueva muralla circulaba en paralelo a la nueva muralla el río Zapardiel, en la actualidad, calle Siervas de Jesús.

Esta nueva ampliación de casas, presenta una peculiaridad constructiva. En la confluencia de las partes traseras de las casas, dejan un espacio estrecho de pocos metros a modo de patio de luces para la entrada de luz y aireación. Aprovechando este espacio, se colocaron colectores abiertos, en Vitoria conocidos como caños, en paralelo a las casas y en perpendicular a los cantones. Existían dos tipos de caños: los que recogían las aguas de los tejados y los que se hallaban a ras de suelo que recogían los detritus.

El conocido grito de la época medieval de agua va que se emitía para tirar las aguas a la calle, en el caso de Vitoria intramuros se arrojaban hacia los caños y no a las calles.

Crear la infraestructura de los caños fue una buena solución para la ciudad, pero como queda patente en la documentación de las disposiciones municipales de finales del siglo XV, el consistorio vitoriano se muestra preocupado por mantener los caños en condiciones higiénicas y evitar así enfermedades, olores o contagios, prohibiendo arrojar por las ventanas “porquería o agua, ya fuera mayor o menor”. En algunas calles gremiales como Carnicería o Zapatería, el problema se agravaba aún más. Y así en el siglo XVI el consistorio tomó la decisión de empedrar las calles, terminando para el año veinte prácticamente toda la ciudad, y mejorando la limpieza e higiene ante la cual los habitantes se resistían a colaborar.

La orografía donde se asienta Vitoria, favorecía que las aguas discurrieran por la ladera oeste hasta el río Zapardiel o hacia los diversos arroyos que rodeaban la ciudad. A este respecto, el ayuntamiento en sus ordenanzas invita a la gente a que no impida la circulación de estas aguas y que limpien los caños al menos una vez al año antes de San Miguel y, asimismo, prohíbe que se echen “basuras, ollas, ni tejas, ni piedras”.

Todavía en el siglo XVIII continúa la preocupación por la higiene, como así lo manifestaban autores como Valentín de Foronda, Roure o Colá y Goiti, o lo informes emitidos por los inspectores del consistorio  que califican la higiene de la ciudad como “patios puercos”, “basuras”, “cargado de inmundicia”, “fetidez”, “poco ventilada”…

En los primeros años del siglo XIX, los técnicos del ayuntamiento evidenciaron el problema en los caños para la salud de los habitantes vitorianos debido a que continuaban sin ser empedrados y el temor a que pudiera filtrarse a los pozos de consumo de agua. Más tarde, se actuó en consecuencia y los ríos fueron embocinados y algunos caños cubiertos. También se construyeron caños en el Hospital de Santiago de Vitoria, obra realizada en el año 1808 y puesta en marcha en 1820. En las salas de enfermos se dispusieron unos orificios a ras del suelo con salida bajo las ventanas, donde se vaciaban las bacinetas y escupideras hacia un caño que bordeaba el perímetro del hospital en su parte trasera.

En el año 1878 y tras la peste del cólera, nuevamente, el ayuntamiento redactó nuevas normativas para mantener la ciudad limpia y, asimismo, realizó obras de saneamiento pavimentando los suelos.

En la segunda década del siglo XX se cierran definitivamente todos los caños, pero el deterioro de nuevo se produce porque los ciudadanos tiran basuras o realizan construcciones ilegales además de ocupar el espacio público del caño perteneciente al Ayuntamiento.

En la década de los setenta se adecentaron los caños y se cambian las puertas de acceso de madera por las de hierro. Será a partir de 2007 cuando se toma conciencia del valor histórico que tienen los caños se comienzan a reformar estos espacios decorando con plantas naturales que agradan el lugar y permiten descubrir una zona oculta que guarda secretos medievales que aún hoy se conservan, como las letrinas o retretes de la época.

Por último, algunos caños se conocen como: caño del túnel, de los tejos, de los rosales, del pozo, de los hospitales, de los acebos…

En definitiva, que entre todas y todos debemos cuidar nuestro patrimonio de la humanidad, incluso los caños.

 

 Autor: Fernando Grande Gil

Trabajador de la OSI Araba